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Lo que pasó en el sofá aquella vez

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Lo que pasó en el sofá aquella vez

La postura inicial

La habitación tiene un sofá bajo y ancho. En la pared de enfrente cuelga una pintura abstracta, líneas negras sobre fondo blanco. A su lado, sobre una mesa de madera clara, una vasija de cerámica oscura sostiene unas ramas secas.

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Él está sentado en el centro del sofá, hundido entre varios cojines. Lleva una camisa lila, desabrochada en la parte de arriba. Los vaqueros son azul oscuro, casi negros.

Ella está de rodillas en el suelo, frente a él, entre sus piernas. Su espalda está recta. Su top azul ceñido deja al descubierto un aro plateado en su ombligo. Sus sandalias azules descansan abandonadas junto a la pata de la mesa.

Sus dedos, con las uñas cortas y pintadas de un rojo oscuro, trabajan en el cierre de sus vaqueros. El metal resbala suavemente. El ruido del cierre al abrirse es seco, un chasquido breve en el silencio de la habitación.

Ella se inclina. Su largo cabello oscuro cae hacia delante, ocultando su rostro y la parte superior de su cuerpo. Se apoya con una mano en el muslo de él, sobre la tela áspera del vaquero. Con la otra mano, tira del pantalón hacia abajo, solo unos centímetros. La tela cede.

Él no se mueve. Sus manos permanecen abiertas sobre los cojines, a sus costados. Observa la coronilla de ella, el movimiento de sus hombros. La piel de su estómago, entre el borde del top y la cintura del pantalón, está muy blanca.

Ella se endereza de nuevo. Su pelo se recoge detrás de los hombros. Mira hacia abajo, hacia lo que ha quedado al descubierto. Su mano no se aparta de su muslo. La otra mano se queda apoyada en su propia rodilla.

La pintura en la pared, las ramas secas en la vasija. Los cojines desordenados en el sofá. Todo está exactamente en su sitio.

La camisa púrpura

Él está sentado en el sofá, con ella inclinada frente a sus piernas. Sus manos están quietas, apoyadas a los lados sobre el cojín. Minuto y medio, quizá dos. Ella se endereza un poco, desliza una mano por su pecho. Los dedos rozan el primer botón de plástico de la camisa púrpura.

Él no se mueve.

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Los botones

La mano de ella baja hasta el último botón, el que está cerca del cinturón. No lo desabrocha. En su lugar, sube de nuevo, despacio, siguiendo la misma hilera, como midiendo la distancia. Con la punta de los dedos levanta ligeramente la solapa de la tela junto a su cuello. Esa es la primera vez que toca la camisa de verdad, no solo los botones. La tela es delgada. Se nota que la ha usado antes, está suave.

Ella tira hacia abajo, con suavidad pero sin duda. El primer botón se desliza fuera de la presilla. Un pequeño crujido. Luego el segundo. Su otra mano se une a la tarea, sosteniendo la camisa abierta para que no se tense. Trabajan juntas, metódicas, bajando. Tercer botón. Cuarto.

Él levanta los brazos.

No es un movimiento brusco. Es una ayuda. Eleva los brazos para facilitar la tarea, pero la mirada la tiene fija en la ventana, en las ramas secas de la vasija. Ella termina de desabrochar la camisa. Ahora está completamente abierta, mostrando su torso. Ella se detiene. Observa. Su mano izquierda todavía sujeta el borde de la tela.

Entonces, con las dos manos, le empuja la camisa hacia atrás, por encima de los hombros. Él se encoge un poco para ayudarla a sacar los brazos de las mangas. La tela púrpura queda atrapada un instante en sus codos, una maraña de líneas claras sobre la piel. Con un último tirón suave, la camisa se libera. Él la deja caer. No la mira. No la recoge. Aterriza en el sofá, a su espalda, en el hueco entre su cuerpo y el respaldo. Una mancha de color sobre el gris del cojín.

Él se queda así, con el torso desnudo, inmóvil de nuevo. Respira. El aire llena su pecho y se va. Ella deja una mano en su hombro. La otra va a su vientre, a la pequeña piedra azul de su propio ombligo.

El top azul

Ella se endereza. Sus dedos encuentran el borde inferior del top azul, justo donde la tela se encuentra con el metal frío del piercing.

Se lo levanta.

La tela se resiste un instante, se pega a la piel, luego cede. Lo pasa por encima de la cabeza en un movimiento que no es ni lento ni rápido, solo eficaz. Su pelo oscuro se alborota con la fricción y luego cae, desordenado, sobre sus hombros.

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Ella deja el top caer. No lo tira. Abre los dedos y la prenda cae al suelo, junto al sofá. Yace allí, una mancha azul arrugada sobre la madera clara.

Él observa. No se mueve. Su respiración es lo único que altera el leve vaivén de los pelos rubios en su pecho.

Ella se gira hacia él. Una rodilla se hunde en el cojín del sofá, a su lado. Luego la otra. Se eleva por un momento, suspendida sobre él, buscando el ángulo exacto.

Se deja caer.

Su peso se deposita sobre él, un ajuste perfecto. Sus muslos rodean sus caderas, sus pies se entierran en los cojines a sus espaldas. Ella se asienta, encontrando su sitio. Su cuerpo se aquieta sobre el suyo.

La habitación guarda silencio. Las ramas en el jarrón no se mueven.

Qué hacía ella Qué hacía él
Se enderezaba Observaba
Encontraba el borde del top Permanece quieto
Se lo levantaba Respiraba
Lo pasaba por la cabeza La miraba
Se dejaba caer sobre él Recibía su peso

Eso es todo. El top azul queda en el suelo. Ella está arriba. Él está debajo. El sofá aguanta.

Se levanta

Ella se levanta del sofá. Su cuerpo se separa del suyo de golpe, como si un resorte invisible los hubiera apartado. Se queda de pie un momento, justo delante de él, respirando. Los shorts y las zapatillas aún en su sitio. La habitación es la misma. Las ramas de la vasija no se han movido.

Él no dice nada. Solo la mira desde donde quedó recostado en los cojines. Su torso desnudo descansa contra el tejido. No se sienta, no se ajusta los jeans, no hace ningún gesto por recuperarla. Sus brazos se quedan abiertos en el espacio que ella ocupaba hace dos segundos.

Ella da un paso hacia atrás, luego otro. Su pie pisa la sombra que proyecta la lámpara. Su mano izquierda se levanta y se engancha en el pelo, en la nuca, recogiéndolo por un instante antes de soltarlo otra vez. La piel de su estómago, donde brilla el pequeño aro azul, se tensa con el movimiento. Da media vuelta, no para mirar la pintura en la pared, sino hacia la nada, hacia el aire quieto de la habitación. Es un giro lento, casi pensado, pero sin pensamiento. Luego se vuelve hacia él de nuevo.

Ninguno de los dos pronuncia una palabra. Todo el ruido que hay es el de sus respiraciones y el crujido leve de un cojín cuando él cambia el peso de los hombros.

En ese silencio, sin necesidad de hablar, hacen varias cosas.

  • Ella se pasa la lengua por los labios.
  • Él deja caer una mano sobre su muslo, donde el vaquero azul oscuro muestra el roce de su peso.
  • Ella cruza los brazos y se sujeta los codos, como sintiendo frío en la piel descubierta.
  • Él levanta la mirada desde sus pies hasta su rostro, un recorrido lento.
  • Ella deshace el cruce de brazos y deja caer las manos a los lados, con las palmas abiertas.
  • Él esboza una sonrisa pequeña, apenas un lado de la boca que se levanta y se hunde al instante.
  • Ella respira hondo y el pecho se le levanta con el aire.

Después de eso, el aire de la habitación parece cambiar. No es que se haya vuelto más pesado o más ligero, solo es diferente. Ella se acerca de nuevo al sofá. No de prisa. Pone una rodilla en el cojín, junto a su cadera. Él levanta ligeramente las manos, expectante, pero sin tocarla todavía. La siguiente cosa que ocurre es que ella vuelve a montarlo. Se coloca encima, encontrando el mismo sitio de antes, como si el interludio de pie no hubiera existido. Sus manos vuelven a sus hombros. Las de él encuentran sus caderas, después sus nalgas, y se quedan allí.

Vuelve arriba

Ella se aparta. Solo un instante, solo lo justo para respirar hondo, con la mano apoyada en su pecho. La habitación calla. Las ramas secas en la vasija no se han movido.

Y luego vuelve.

Se acomoda sobre él otra vez, con esa precisión lenta de quien ya conoce el camino. Sus manos se cierran en los hombros de él, anclándose. Los shorts vaqueros, arrugados, siguen en sus caderas. Su torso desnudo se arquea un poco, y el pequeño aro azul en su vientre brilla bajo la luz tenue.

Él la sostiene. Sus manos, grandes, están ahora firmes en la curva de sus nalgas, hundiéndose en la tela áspera de los shorts. No las mueve. La fijan allí, en ese punto exacto donde ella decidió quedarse.

Los dos están quietos. Respiran al unísono, un ritmo que llena el silencio. En el sofá, los cojines aplastados ya no recuperan su forma.

Ella cierra los ojos. Él mira fijamente el espacio vacío sobre su hombro. Así se quedan, minuto tras minuto, hasta que el tiempo en la habitación se vuelve espeso y la única verdad son esos puntos de contacto: sus manos en ella, su peso sobre él, el frío del metal contra su piel sudada.

Nada más se mueve.